La leyenda de Madrid

Son tiempos difíciles, la guerra de Troya está tocando a su fin, las llamas se reparten por la ciudad devorando cada rincón, escapar era prácticamente imposible, pero ahí estaba en la cima de aquellas montañas observando como una parte de mí desaparecía.

Encaminé mis pasos hacia la espesura de los altos que me llevaron a un recóndito lugar donde debía establecer mis nuevas raíces, un nuevo comienzo para los griegos dependía de mí; me presento, mi nombre es Bianor.

La vida no había sido fácil desde que abandoné mi urbe, pero tuve que seguir adelante intentando no pensar en aquello hasta que el ocaso me acechó. Había tenido una existencia de la que me sentía orgulloso, contaba con un gran sucesor que a su vez me concedió uno de los que, considero, tesoros de mi existencia, mis nietos. Estaba tan orgulloso de Tiberis, como de su hermano ilegítimo Bianor, además su madre era la maga más hermosa que pudiera conocer.



Siguiendo los pasos de mi abuelo, me encontré sin opciones en mi ciudad natal, de modo que me vi obligado a abandonar todo aquello que conocía en dirección a un destino incierto en el que mi madre no podría acompañarme. Fue una dura travesía la que llevé a cabo hasta fundar la ciudad de Mantua en honor a aquella que me dió la vida. Por fin el destino, aunque cruel, me concedería unos momentos de tranquilidad, al menos eso es lo que parecía.

En la paz de la noche, cuando hasta los ríos se encontraban en calma, un resplandor se presentó ante mí reclamando toda la atención de que disponía. Apolo venía con una misión poco halagüeña, debía abandonar de nuevo la urbe o todo lo que había construido desaparecería con la muerte de los habitantes en una terrible epidemia.

 


No existía alternativa, debía comenzar un nuevo periplo, esta vez en la soledad de quien debe resurgir de sus cenizas. Con la llegada del alba, mi madre me pidió un último favor, el que ve el futuro a través de los sueños merecía tener un nombre acorde a la responsabilidad de la que iba a hacerme cargo, de modo que aquí comienza mi aventura, como hizo mi abuelo, me presento como Bianor Ocno.

En esta ocasión mi travesía duró demasiado, tiempo fueron diez años en los que pensé rendirme, no sabía lo que estaba buscando ¿por qué no parar, establecerme en cualquier lugar? Más de una noche me costó conciliar el sueño, que irónico, siendo capaz de ver el futuro mientras dormía, no era capaz de visualizar mi destino hasta que en las tinieblas volvió a aparecer ese resplandor tan familiar.

 

Las primeras luces del alba iluminaron el suelo sobre el que pisaba, había alcanzado mi destino. Era una tierra únicamente poblada por una familia ambulante que se presentaron ante mí como carpetanos. Junto a ellos decidí fundar una hermosa ciudad, Mantua Carpetanorum, en honor a mi tan extrañada madre.



La paz se había instalado definitivamente en mí, los astros se habían alineado para hacerme llegar aquella felicidad materializada en los elementos que me rodeaban. Incluso la urbanización de Mantua Carpetanorum se desarrollaba con normalidad hasta que me perturbaron las discusiones sobre en honor a quién debía de levantarse el templo.

Busqué durante días la solución a esta disputa sin hallar respuesta alguna, ni siquiera los dioses estaban dispuestos a ofrecerme una alternativa, hasta que me alcanzó la noche, con respuestas y un destino que hubiera preferido no conocer.

 

Con los primeros rayos de sol comenzó la construcción del templo en honor a la diosa de la tierra, Metragirta. Mientras unas piedras se levantaban, los puñados de tierra caían sobre mí, había llegado el momento, debía partir para siempre.

Sobre mi cadáver, se dispuso una lápida en torno a la que se realizaron durante varios días todo tipo de oraciones. Las inclemencias del tiempo no hicieron mella en los carpetanos, que se sentían unidos a mí de tal modo que incluso ante la más fuertes de las tormentas se mantuvieron firmes para contemplar como la diosa Metragirta se abría paso entre los cielos para llevarme en su carro al que sería mi último periplo.

En honor al sacrificio realizado por Bianor Ocno, la ciudad se llamó Metragirta, que con el tiempo fue evolucionando [Magerit, Madrit] hasta convertirse en Madrid, la ciudad de los hombres sin patria.

 

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